Cada ves que me encuentro mas cerca de mi cumpleaños me invaden mil dudas y cada año hago recuento de todo lo que eh crecido, cosas que eh aprendido a lo largo de cada etapa. Cada tanto siento que muero. Cada tanto siento que vivo. Es una constante en mi vida. Es como que el camino se torna difícil, sin ninguna luz ni una pista definida que me guié el paso. Y todo se vuelve confuso. Y todo desde este lugar del hoy y el ahora en el que debo vivir, pero que algunas veces no logro, se ve indefinido. Y todo lo que viene, todo lo que puedo llegar a ser y todo lo que quiero, empieza a mostrarse impreciso e indeterminado.
Y muero, me siento sin chispa ni fuerza. Sin saber a donde ir. Y de repente me hundo en un viaje a la melancolía, al cuestionamiento enfurecido, a la pregunta de saber si esta siendo bien encaminado el trillado futuro.
Pero luego me doy cuenta de lo bonito y necesario que es morir cada cierto tiempo. Porque vuelvo a nacer en algún lugar mejor. Me centro y florezco. Con más colores y luz y fuerza. En un lugar mejor. Más enfocado y necesario para mi crecimiento real y emocional.
Y con el tiempo, ahora, he aprendido que soy yo misma quién me llevo a estos lugares. Y dejo de culpar a otros. Porque si bien todas mis muertes son resultado de algún abandono, a mi nadie, ni nada me ha dejado. No hablo solo del romance es universal una etapa, un lugar, un puesto o alguna persona.
Analizo y yo, antes que me dejaran, emocionalmente ya había dejado esos lugares y aunque no era capaz de aceptarlo ya estaba lista para lo que seguía. Aunque no veía inmediato lo que seguía. Pero lo que seguía siempre fue grandioso. Más de lo que tenia, más de lo que había soñado.
Y siempre fue igual. Todo se iban. Pero en realidad era mi miedo a soltar el que me retenía y mi incapacidad de ver y recibir lo que seguía lo que me causaba dolor. El miedo a mi misma. A lo de abandonar el lugar conocido y seguro, a salirme de mi zona de confort.
Pero siempre ha valido la pena perderme porque cuando me encuentro aparezco en un lugar mejor.
Hay que callar el ego. Hay que saber cuándo es miedo. Hay que detectar cuándo no son deseos del alma. Hay que conocernos. Permitirnos morir. Y morir bien (pero no mucho tiempo). Y luego dejarnos florecer. Florecer con todo.
Pero debemos eso, darnos permiso de avanzar. Y no tenerle miedo a eso tan bonito y tan grande y loco que somos capaces de crear y seguir.

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