Entonces comprendí que uno se enamora del habitante secreto de la persona amada, que la persona amada es el vehículo de la presencia de otras presencias de las que ella ni siquiera es consciente.
Soy todas mis edades. Las náuseas de mi adolescencia, y esa imparable hambre de crecer, la adultez que niego mientras pago cuentas, cuando tengo que hacerme responsable de mis emociones, mis actos, mis errores y fallas, la vejez prematura que me arrincona poco a poco hacia la soledad. Pero, más que nada, soy esta infancia absoluta que atraviesa toda mi vida: mi ingenuidad, mi valentía, mi risa y mis lágrimas. Todo nace y muere en mi niña infinita.
Comentarios
Publicar un comentario