Un jueves frió por la mañana, son las 8 ya voy tarde a la oficina, entre
nubes rosas y trafico agitado me apresuro para que no me de la media, mientras
el sonido de la radio me distrae y una señora mentándomela porque no doy vuelta
en rojo, vienen a mi mente esa noche de sábado y el maldito locutor se burla de
mi poniendo de fondo volvería de juan solo.
Entre tantos recuerdos llego a mi destino, pendientes para aventar y de
nuevo pongo esa canción que me recuerda el, entre tanta magia y amores
platónicos llega la hora de irse a la escuela, corro para llegar a la clase de
estadística, salones fríos, murmullos de mis amigos y un profesor que lucha
para que no me invadan los recuerdos, entre tantas sonrisas corteses de
personas en la escuela ninguna encaja con la de él, caminando por los pasillos
buscando mi próxima clase tal parece que al viento le gusta mi cabello y juega
con el.
Después de algunos pasos con ritmo, un libro casi por terminar, clases llenas de números
danzantes llega el anochecer y con él la hora de irse a casa, hecho un breve
vistazo por la ventana empañada de camino a casa las luces me distrae, el no
tiene ni idea de cómo lo estoy pensando.
Voy cantando y jugando con mis dedos al compás de la música dejando atrás todo
el desorden de una ciudad llena de miedo, pensando, averiguando, divagando la
formula exacta de la felicidad, mi felicidad es un abrazo calientito, las
carcajadas de esas que son contagiosas, las sonrisas que te regala la gente en
la calle, ese señor que se sube al transporte público a tocar más afinado que
yo con su guitarra, pero mi felicidad en gran parte de mi tiempo es pensar en
el.
Creo historias en mi cabeza empezando por un hubiera, acompañándome de
sonrisas nerviosas recordando tantas historias, donde de nuevo el es el
protagonista.
El colecciona noches completas mías, caminatas llenas de risas, tardes narrándole
mis días por teléfono, y un sinfín de letras y cartas sin posdata.
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