Soy todas mis edades. Las náuseas de mi adolescencia, y esa imparable hambre de crecer, la adultez que niego mientras pago cuentas, cuando tengo que hacerme responsable de mis emociones, mis actos, mis errores y fallas, la vejez prematura que me arrincona poco a poco hacia la soledad. Pero, más que nada, soy esta infancia absoluta que atraviesa toda mi vida: mi ingenuidad, mi valentía, mi risa y mis lágrimas. Todo nace y muere en mi niña infinita.
La vida no es lógica, es una paradoja explosiva formada por sueños, risa, gritos, lágrimas, odio y amor en pequeñas y letales dosis.